El Estandarte de Aï
Capitulo 2 - Parte 2
Sobre el lugar
Sobre el lugar
Llevaba aproximadamente tres cuartas partes del camino de regreso recorrido cuando se encontró en sentido ascendente a su hermana la princesa acompañada de dos guardias. Ade, desde su posición alzada, la vio apenas unos segundos antes de que ella lo llegara a ver a él, y pudo observar en ese breve período de tiempo la expresión de preocupación en el rostro de su hermana.
- ¿Como estás? ¿Que ha ocurrido? Estaba tan preocupada por ti...
Ade trató de calmarla, no estaba acostumbrado a que su hermana mostrara sus sentimientos -al menos los que sentía hacía él-, y no pudo evitar sentir por dentro cierto grado de satisfacción. Una vez calmada y puesta al día, emprendieron junto a los guardias el camino.
En el castillo aguardaba un tumulto de gente que bien podría ser la totalidad del pueblo de Solea.
Que se hiciera de día en plena noche fue tomado como un mal presagio, y tan poco acostumbrados a este tipo de situaciones, decidieron espontáneamente presentarse a las puertas de palacio, a fin de reclamar consejo a la reina regente y tal vez, aunque esperando que no fuera necesario, protección.
Los príncipes avanzaron entre el tumulto hasta llegar junto a su madre, que tenía un porte extraño mezcla de alivio, por ver sano y salvo a su hijo, y preocupación por entender qué había ocurrido allí arriba. Ade le mostró el estandarte y le explicó que por alguna razón había perdido su insignia.
El pueblo, bien atento a las palabras de su príncipe, estalló entonces en cientos de voces formando un murmuro ensordecedor: "¿No le creo!" se escuchó claramente a sus espaldas "¡Nos ha condenado!" sonó desde el extremo opuesto.
Efectivamente el pueblo estaba asustado, y en esos momentos es difícil mantener las formas. Ade escuchó muchas acusaciones que hubiera querido ahorrarse, y llegó el punto donde no pudo seguir con su historia y solo atinaba a mirar a los ojos de su madre, que le respondían que no sabía que hacer.
En ese momento una voz se alzó sobre todas las demás para decir:
- ¡Callar insensatos! El joven príncipe dice la verdad.
Era Pim, que entre todo el ruido de la gente había podido posarse en una rama del jardín sin que nadie advirtiera de su presencia, y que solo la reveló cuando decidió dejar sin palabras a los Soleanos.
Un anciano demasiado mayor para sorprenderse por tal cosa lo miró fijamente y le replicó:
- ¿Y porque deberíamos creerte, a ti un simple búho?
A lo que el búho respondió:
- Porque yo soy Pim, la mascota de Aï
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