El Estandarte de
Aï
Capitulo
1 - Parte 1 y 2
Sobre el momento
Sobre el momento
Ade
ya se encontraba en sus aposentos a esas horas de la noche. Miraba a
través de la ventana a lo alto de la montaña, justo hacia donde se
encontraba el estandarte. Era fácil localizar su ubicación incluso
de noche, y es que aún en la oscuridad, el legado de Aï emitía
claramente una pálida luz.
Ade miraba hacia el estandarte y se encontraba contrariado. Sabía perfectamente que a la mañana siguiente le tocaría subir el interminable camino de escaleras que llevaban hacia la cima, y una vez ahí le debería rendir culto. No tenía muy claro si sería capaz de llegar, y sus dudas estaban justificadas ya que no iba a ser la primera vez que lo intentaba.
Ade miraba hacia el estandarte y se encontraba contrariado. Sabía perfectamente que a la mañana siguiente le tocaría subir el interminable camino de escaleras que llevaban hacia la cima, y una vez ahí le debería rendir culto. No tenía muy claro si sería capaz de llegar, y sus dudas estaban justificadas ya que no iba a ser la primera vez que lo intentaba.
Por si no sabes las
costumbres de los Solea, te diré que desde hacía generaciones los
príncipes herederos -ya sean chicos o chicas- debían subir en
peregrinaje a través de la ladera de la montaña, con el fin de
observar de cerca el legado de Aï y presentarle pleitesía. Ade era
pues, el vigesimo-octavo príncipe al que se le encargaba esa misión,
y también era el primero que no la conseguía realizar a la primera.
Por alguna razón el destino había privado a Ade de tal gloriosa hazaña de las formas más variadas posibles: el primer intento una fuerte tormenta aguó los planes del príncipe, el segundo fue menos justificable y es que a medio camino un fuerte temor le obligó a dar marcha atrás; el tercero mejor no explicarlo, y el cuarto una torcedura de tobillo tuvo la culpa de hacer al príncipe desistir de su misión.
Técnicamente no era culpa suya ninguno de esos fracasos, pero Ade sabía bien de lo innoble que resulta culpar siempre de tus miserias a la mala fortuna, además de saber perfectamente que empezaba a ser la comidilla de la gente.
Por alguna razón el destino había privado a Ade de tal gloriosa hazaña de las formas más variadas posibles: el primer intento una fuerte tormenta aguó los planes del príncipe, el segundo fue menos justificable y es que a medio camino un fuerte temor le obligó a dar marcha atrás; el tercero mejor no explicarlo, y el cuarto una torcedura de tobillo tuvo la culpa de hacer al príncipe desistir de su misión.
Técnicamente no era culpa suya ninguno de esos fracasos, pero Ade sabía bien de lo innoble que resulta culpar siempre de tus miserias a la mala fortuna, además de saber perfectamente que empezaba a ser la comidilla de la gente.
Por todo eso, la quinta debía ser la
definitiva. Y con ese pensamiento el joven príncipe se fue a dormir.
Ade
se despertó tremendamente cansado. Recordaba vagamente sueños
extraños con un fuerte olor a sal. No tenía ningunas ganas de
alzarse, pero al tener un par de ojos mirándole fijamente desde la
puerta no pudo regalarse un poco de tiempo extra ronroneando en su
cama.
Con el ceño fruncido se incorporó y visiblemente contrariado exclamó:
- ¿A caso es necesario esto? ¿Tan poco confía la reina en mi?
- No se ponga así, joven príncipe – exclamó el anciano – Su madre solo desea asegurarse de que se encuentra bien y que podrá atender a sus obligaciones.
- Pues dígale a mi madre que no se preocupe más, que bien pronto como me dejen vestirme acudiré a iniciar mi cometido.
El mayordomo asintió con la cabeza y se retiró de la habitación despidiéndose con un gesto cortés. Acto seguido Ade se levanto de la cama y se vistió con los ropajes especiales para la ocasión. Nada de florituras: un pantalón ligero, para largas horas caminando y un jersey recio sobre una camiseta de tirantes, y es que el otoño estaba avanzando con paso seguro y no quería arriesgarse a pasar frío, sobretodo si su acometido le llevaba -como probablemente así sería- más allá del ocaso y la marcha del Sol.
Hecho esto
y calzándose sus botas se observó brevemente en su espejo.
Entonces se incorporó, cerro un instante los ojos, y dando un largo
suspiro se encaminó fuera de sus aposentos y escaleras abajo, hacía
el patio trasero del castillo.
Con el ceño fruncido se incorporó y visiblemente contrariado exclamó:
- ¿A caso es necesario esto? ¿Tan poco confía la reina en mi?
- No se ponga así, joven príncipe – exclamó el anciano – Su madre solo desea asegurarse de que se encuentra bien y que podrá atender a sus obligaciones.
- Pues dígale a mi madre que no se preocupe más, que bien pronto como me dejen vestirme acudiré a iniciar mi cometido.
El mayordomo asintió con la cabeza y se retiró de la habitación despidiéndose con un gesto cortés. Acto seguido Ade se levanto de la cama y se vistió con los ropajes especiales para la ocasión. Nada de florituras: un pantalón ligero, para largas horas caminando y un jersey recio sobre una camiseta de tirantes, y es que el otoño estaba avanzando con paso seguro y no quería arriesgarse a pasar frío, sobretodo si su acometido le llevaba -como probablemente así sería- más allá del ocaso y la marcha del Sol.
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